El tratamiento del dolor a menudo requiere tomar otras medidas, además de las farmacológicas. En este apartado te facilitamos algunas recomendaciones para ayudarte a manejar mejor el dolor y contribuir a tu calidad de vida.

¿Necesito ayuda psicológica?

El dolor no sólo es una experiencia sensorial, sino también emocional. Cuando el dolor se vuelve parte de la cotidianidad, genera pensamientos y sentimientos negativos. El rechazo, la ansiedad, la preocupación, la tristeza y la rabia son algunas de las emociones más comunes. El dolor se vuelve el foco de los pensamientos, es difícil encontrar soluciones. E, incluso, se puede sentir que se han perdido las riendas de la propia vida. Este estado de ánimo, sumado a las limitaciones que a veces conlleva el dolor, comienza a afectar el día a día provocando problemas en las relaciones familiares, aislamiento del entorno social, bajas laborales, etc. Asimismo, los pensamientos y sentimientos negativos aumentan la tensión muscular, la inactividad y el estrés, que a su vez alimentan el dolor. Si has entrado en este círculo vicioso, es conveniente que consultes con un psicólogo.

¿Cómo me puede ayudar un psicólogo?

Más allá de las sensaciones físicas objetivas, la experiencia del dolor tiene componentes psicológicos. Por un lado, la predisposición y pensamientos que cada persona tiene ante el dolor y, por otro, la gestión de las emociones que provoca el dolor y que pueden contribuir a mantener o a agravar la sensación dolorosa.

Mientras el médico trabaja sobre los factores físicos que provocan el dolor a través de fármacos y distintas terapias, el psicólogo trabaja sobre la percepción y la gestión emocional del dolor. Enseñar y entrenar a la persona para que pueda sacar el dolor del centro de sus pensamientos es una de las herramientas que el psicólogo puede aportar al paciente con dolor crónico para que pueda regularlo y manejarlo.

Como consecuencia del dolor crónico, muchos pacientes presentan síntomas de depresión: cambio del concepto de sí mismo, baja autoestima, cambios repentinos de humor y aislamiento. Otros pacientes pueden experimentar ansiedad, que lleva a una actitud de alerta y tensión constante, intensificando la sensación de dolor. Un psicólogo puede contribuir a identificar y enfrentar estos síntomas para lograr una mayor calidad de vida.

El soporte psicológico forma parte de un tratamiento integral que, además de fármacos, incluye técnicas cognitivas y de relajación, y ayuda al paciente a adoptar hábitos saludables y de autocuidado.

    Fuentes:

  • Gallach Solano, E. Taller Bienestar. Afrontamiento psicológico del dolor crónico. Unidad Multidisciplinar para el estudio y tratamiento del dolor. Valencia: Hospital Universitari y Politecnic La Fe; 2016.
  • Dolor Crónico. Aspectos Psicológicos [folleto]. Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés y Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. Madrid, España. s.a.

Alimentación

Aunque no lo parezca, la alimentación también se relaciona con el dolor. En algunos casos, es más evidente que en otros: por ejemplo, las personas con artrosis o dolor de espalda deben seguir una dieta que les ayude a bajar su peso corporal para reducir la presión sobre las zonas doloridas. Pero en otros casos, la relación entre alimentación y dolor no es tan clara.

Una de las razones por las que la alimentación influye sobre el dolor es la inflamación. Algunas dietas, como las que son muy ricas en grasas y azúcares, aumentan el estado inflamatorio, mientras que otras, como la dieta mediterránea, rica en vegetales, lo reducen. Por esta razón, en las personas con enfermedades que producen dolor crónico relacionado con la inflamación, como la artritis o el reumatismo, se recomienda seguir una alimentación basada en verduras, frutas, legumbres y pescados, con una baja proporción de grasas saturadas y alta en Omega-3.

La gota también es una enfermedad dolorosa muy vinculada a la dieta, ya que se produce por una incapacidad de descomponer las purinas, unas sustancias que se encuentran en muchos alimentos, y que se acumulan en las articulaciones en forma de cristales de ácido úrico, produciendo así el dolor y la inflamación. Las personas con gota deberían evitar comer carne en exceso, especialmente los órganos, así como marisco, alcohol y productos azucarados. Por el contrario, se les recomienda una dieta rica en frutos rojos, como las cerezas, verduras, legumbres, nueces y frutas que tengan poca cantidad de azúcar. El café y la leche también se relacionan con una menor incidencia de ataques de gota.

Las personas con artrosis o osteoartritis, por su parte, pueden verse beneficiadas de una alimentación rica en col, brócoli, coles de Bruselas y coliflor, ya que contienen un compuesto llamado sulforafano que parece retrasar la destrucción del cartílago. De nuevo, estas personas deberían evitar las dietas ricas en grasas saturadas y azúcares, así como el alcohol, ya que son sustancias que favorecen un estado inflamatorio.

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Alimentos que sí y alimentos que no

En resumen, todas las personas que padecen dolor pueden beneficiarse de una dieta saludable tipo mediterránea.

Alimentos a evitar o reducir:

  • Aquellos que son ricos en grasas saturadas: carnes grasas y procesadas, vísceras, mantequilla y bollería.
  • También los que son ricos en azúcares: dulces, bebidas azucaradas, salsas tipo kétchup, cereales refinados.
  • Las bebidas alcohólicas.

Alimentos aconsejables:

  • Verduras.
  • Frutas.
  • Legumbres.
  • Nueces y frutos secos.
  • Pescado (favorecer el consumo de pescado por encima del de carne).
  • Cereales integrales.
  • Lácteos bajos en grasa.

Ejercicios

Casi todo el mundo, independientemente de su situación de salud, puede beneficiarse del ejercicio físico, incluidas las personas que padecen dolor crónico. Eso sí, la actividad debe adaptarse a la condición de salud y de forma física de cada persona. Para ello, es posible que requiera el consejo o la asistencia de un profesional.

En la lucha contra el dolor, el ejercicio físico puede ser un gran aliado: mejora la función física, refuerza la musculatura, relaja la tensión, reduce el dolor, mejora los síntomas de ansiedad y depresión y, en general, mejora la calidad de vida. Por el contrario, el sedentarismo provoca atrofia de la musculatura, lo que puede conducir a un empeoramiento de la estructura y función de todo el aparato esquelético, aumento del peso corporal y agravamiento del dolor.

El tipo e intensidad de ejercicio debe adaptarse individualmente, por lo que es aconsejable preguntar a un especialista antes de empezar un programa. También es importante tener en cuenta las preferencias de la persona, así como su disponibilidad para acceder a ciertas actividades, ya que es importante adaptarlo lo suficiente y que sea agradable de realizar para que se puedan incorporar a los hábitos de vida a largo plazo.

Algunos de los ejercicios que pueden beneficiar a la mayoría de personas con dolor crónico son:

  • Actividades dirigidas de bajo impacto, como yoga, pilates o tai-chi: Los monitores deben estar cualificados, y deben conocer mínimamente el historial médico y de lesiones de cada alumno para que puedan adaptar e indicar los ejercicios adecuados. Estas actividades mejoran la capacidad muscular y la flexibilidad, muy recomendable cuando existen problemas de dolor muscular.
  • Ciclismo: Siempre y cuando se controle adecuadamente la bicicleta y no haya riesgo de caídas, el ciclismo permite ejercitar la musculatura de las piernas sin sobrecargar las articulaciones.
  • Natación y gimnasia acuática: De nuevo, se trata de una actividad que protege las articulaciones, a la vez que permite trabajar la musculatura.
  • Caminar: Suele ser el ejercicio más accesible para todos los pacientes y, excepto problemas graves en el aparato locomotor, no suele haber contraindicaciones.

En general, las recomendaciones de actividad física deben incluir ejercicios aeróbicos, de fuerza y de flexibilidad para obtener los máximos beneficios.

    Fuente:

  • Sañudo B, Galiano D, Carrasco L y de Hoyo M. Evidencias para la prescripción de ejercicio físico en pacientes con fibromialgia. Rev Andal Med Deporte. 2010; 3(4): 159-169
  • Negrín R, Olavarría F. Artrosis y ejercicio físico. Revista Médica Clínica Las Condes. 2014. 25 (5): 805-8110
  • Baena Beato, P.A. Efectos de un programa de ejercicio físico acuático sobre la capacidad funcional y la calidad de vida relacionada con la salud en personas adultas sedentarias con dolor lumbar crónico. Granada: Universidad de Granada, 2013. 190 p. [http://hdl.handle.net/10481/23771]